15 de febrero de 2022

¿Y qué hace un politólogo?

 Se permitió que se estancara la economía de muchos países, la tierra quedó sin cultivar, no se proporcionó el equipo necesario, se impidió el acceso al trabajo a grandes grupos de la población y se les mantuvo apenas con vida y a merced de la caridad del Estado.

1984, Orwell


     Hace algunos días leí un trino en el que alguien se preguntaba justamente lo mismo y no pude evitar sentirme aludida. Leí los comentarios, todos negativos como era de esperarse ya que la gente asume que un politólogo es un político, y luego de intentar un par de respuestas grandilocuentes para exaltar mi carrera, me decanté por un único verbo: entender. Suena a poca cosa si se le mira desde la efímera perspectiva de las redes sociales, pero esconde la profundidad de todo aquello que parece simple. 

     Y es que entender implica, como reza el diccionario, “descubrir el sentido profundo de algo”. Así, un politólogo entiende, por ejemplo, que la más genuina expresión de la democracia directa está en las gentes que salen a las calles y se reúnen y marchan y protestan y exigen, y aunque tal vez no saben que se llaman constituyente primario, están actuando como tal. Para un politólogo, un trabajador por prestación de servicios que se queja porque debe asumir toda la carga económica de su seguridad social le está dando apenas una pequeña muestra de la otra cara de la globalización: la precarización laboral producto de la implementación de políticas neoliberales que favorecen la acumulación de capital, en detrimento de los derechos de los trabajadores. 


     Al politólogo, al menos al que se piensa los problemas de Colombia, le es dado entender que las actuales violencias que padece el país tienen raíces profundas en las violencias que padeció antaño, y que a su vez esas violencias centenarias se originaron en los tiempos de la mismísima conformación del país como Estado-nación, ya que éste se cimentó sobre la base burocrática colonial, y sobre la base epistémica eurocéntrica, blanca, católica y masculina. Esta agresiva forma de silenciar lo plural, lo ya existente, lo femenino, lo diverso, intentando uniformar todo bajo un manto de pretendida civilidad, puede ayudarnos a entender la razón del servilismo para con unos y el desprecio para con otros que exhiben con frecuencia tanto mandatarios como ciudadanos, con todo y lo que estas actitudes desencadenan a todo nivel. 

     Así mismo, el politólogo que se piensa las problemáticas de América Latina debe estar en capacidad de entender que conceptos como “desarrollo” no pueden seguir siendo dogmas en estos territorios, puesto que fueron establecidos con base en dinámicas económicas de la modernidad, a partir de las cuales unos cuantos tomaron mucho más para sí de lo que la poderosa mano invisible les hubiera otorgado. Entender que existe un patrón de dominación que se originó con la invasión colonialista, e identificar las múltiples formas en que se ha naturalizado esa relación de poder y dominio sobre América Latina y sobre el Sur Global, es indispensable para construir procesos emancipatorios realizables, sostenibles, participativos y colectivos. La construcción de esas alternativas que permitan resolver los problemas reales de las sociedades latinoamericanas no tiene por qué ser diametralmente opuesta a la forma de organización socio-económica que supone el capitalismo, por el contrario: el mérito está en ser capaces de tomar aquello que sirva, y construir con esos materiales un nuevo edificio, uno propio. 

     Ahora bien, es cierto que un politólogo no puede conformarse con el idílico mundo de las ideas, ni con el acartonado mundo de los papers, o el de los herméticos eventos académicos alejados de la praxis. Creo sinceramente que un politólogo tampoco puede casarse con una ideología por más que se sienta identificado con ella porque si lo hace estaría participando del intento de silenciar lo plural, de desconocerlo, de invisibilizarlo, y de sobra sabemos que el silencio no es, necesariamente, sinónimo de paz. En Colombia, por ejemplo, el silencio que pactaron los determinadores de La Violencia y que luego vistieron con los ropajes del Frente Nacional no trajo paz a las víctimas, ni a sus hijos ni a sus nietos, y sí desencadenó nuevas y dolorosas violencias en campos y ciudades. Hoy por hoy, un politólogo entiende que todas esas violencias en gran medida se han nutrido de lo mismo: exclusión. 

     Resulta claro entonces que entender no es suficiente, pero sí se constituye en impulso vital para un politólogo, en formación o en ejercicio. Es la piedra angular que sustenta las acciones futuras. Construir una propuesta alternativa de desarrollo para un determinado territorio, por ejemplo, pasa necesariamente por entender las dinámicas sociales, políticas, económicas, culturales, medioambientales etc., de ése territorio, pero también por entender que el conocimiento empírico que los pobladores han venido adquiriendo a fuerza de experiencia no se desecha aunque parezca poca cosa si se le mira desde la efímera perspectiva de las redes sociales, o desde la muchas veces arrogante perspectiva de la academia.

10 de abril de 2021

La carrera

 Por Mary Zamora


No supe de dónde salió. Lo vi venir por la mitad de la calle a unos pocos metros de mí, así que no intenté cambiarme de acera. Apuré el paso. Él aceleró también. “Este me va a robar”, pensé, e instintivamente apreté el bolso contra mi cuerpo. Lamenté no haber sacado antes el manojo de llaves, pero ya era tarde. Estaba frente a mí:

— ¡Suéltelo!

— ¡No!

— ¡Que lo suelte!

— ¡No!

Ambos nos aferrábamos con fuerza al bolso. El tipo no llevaba armas, o al menos no vi ninguna, así como tampoco pude ver su cara, apenas su cabeza grande, como una rémora adherida a mi bolso, forcejeando. Se fijó en el paquete que, desprotegido, colgaba de mi brazo derecho. Sentí el quemonazo del plástico en la piel cuando me lo arrancó.

— ¡Puta!—, me gritó, y la luz escasa de la calle me mostró un instante sus ojos. Me pareció joven pero demacrado. Empezó a correr. Yo corrí tras él. Una, dos, tres cuadras quizá.

— ¡Cójanlo!—, grité, y de inmediato me sentí tonta porque sabía que nadie me ayudaría a detenerlo, y que no lo alcanzaría. Desistí. Las piernas me temblaban. Un tacón se había partido, así que me quité los zapatos y caminé descalza, despacio, sintiendo la fría rusticidad del pavimento en mis pies. Para entonces las pantimedias también estarían rotas, y la falda, mucho más arriba de lo normal. La acomodé, con pudor. Dos hombres parados en la puerta de una tiendecita daban muestras de su reciente embriaguez. Algo me dijeron, pero no lo escuché, reconfortada como estaba por la brisa nocturna que me devolvía el aliento perdido en la carrera, y me secaba el sudor de la cara. Pensé en el ladrón y en su ridículo botín. ¿Dónde iría? Ya habría dejado de correr también, seguro de su ventaja y al amparo de la soledad de un barrio tan al sur del sur de la ciudad, que bien podría no ser real. ¿Ya habría abierto la bolsa? Claro que sí. Lo imaginé sentado en un andén, mirando aquí y allá con prevención, antes de descubrir el contenido del paquete hurtado. Era una noche despejada de algún mes incierto del año 2000. No pude evitar reír. Cuando se es joven también se es propenso a la risa. ¡Qué tontería correr tras un ladrón para recuperar una bolsa con ropa vieja!

19 de julio de 2020

Patetismo

Por Mary Zamora


Ilusionarse

Idealizar

Volver a creer

Despojarse de las armaduras, de las corazas

Permitir que alguien pase la barrera y vea nuestra infinita debilidad, 

nuestro patetismo

Recibir una negativa

Sentirse mal

Enojarse consigo mismo

Intentar ser fuerte y no llorar

Especialmente eso: no llorar

La enseñanza te escupe en la cara

"Te lo advertí"

Iba a pasar. Es lo que siempre pasa

¡Ah, pero es de valientes arriesgarse!

Es de estúpidos

Es de patéticos que sueñan entre la mierda

con su positivismo estulto

Hay más verdad en los ojos de este perro

que en cualquier palabra humana

El nudo y la opresión son como rocas de ira

Ira contra sí 

contra la propia inmadurez

contra el olvido de la promesa y la decisión

El perro no promete y sin embargo cumple con exactitud religiosa

Me mira

Comprende

Busca la caricia de mi mano

Intenta sacarme del frío 

hacer de mí un mejor humano ya que no tuve la fortuna 

de ser un perro

Insiste

Insiste 

Insiste, amigo, hasta que lo logres.


7 de abril de 2019

EL FAVOR DE DIOS

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—¡No tenías que hacer eso! ¡No tenías que hacerlo! —. El maquillaje se había regado, formando parches grotescos sobre su piel de cincuenta años. La respiración era un jadeo convulso, que se esforzaba en ser cauteloso.


—Está hecho, madre.

—¡Dios mío, esto es horrible! ¿Qué vamos a hacer ahora? 

—Lo mismo que hemos hecho siempre, madre: aguantar—. La calma de su voz tenía algo de artificio. Carecía de aire. 

—Pero, ¿qué hacemos? ¿qué hacemos?—, insistió ella. 

—Cállese, madre. Va a despertar a la niña y sería peor.— En los ojos del joven se leía un cansancio de siglos—. Yo me encargo, usted, váyase a dormir. 

—¿Dormir? ¿En esa cama?

—Claro que no. Vaya con la niña.

—Pero, ¿y tú qué harás ahora? ¡Dios, Dios! ¿Ahora qué piensas hacer? ¿Mañana qué vamos a decir?

—¿Sobre qué? Nadie va a preguntar nada. Ya le dije que yo me encargo.

—¡Claro que sí! La niña va a preguntar. Rosario va a preguntar. 

—Pues usted no sabe nada. Punto.

—¡Pero lo sé, lo sé! Lo ví todo—. Los ojos de la mujer se posaron suplicantes sobre un crucifijo desvalido que yacía colgado en la cabecera de la cama del joven. 

—¿Me escuchó, madre? Usted no sabe nada. Dirá que anoche no vino. Es todo. 

—¡Por Dios, hijo!—, suspiró ella, elevando los ojos húmedos hacia el techo—. Mírate. Ve a lavarte esa cara, esas manos. Ve a cambiarte. No: mejor ponte la pijama. Tienes que dormir, acuéstate ya—. Mientras hablaba, iba y venía por la habitación del joven moviendo cosas, recogiendo ropa, hurgando papeles, ordenando zapatos. Le alcanzó una toalla; luego, una camisa limpia. Él la dejaba hacer, resignado. Con la toalla se estrujó la cara y limpió los surcos blancos que le acartonaban las mejillas. Se miró las manos y se sorprendió de encontrarlas tan viejas. Ya no eran sus manos esbeltas de aprendiz de piano. Eran manos rudas, cuarteadas. Se fijó en las manchas de sangre seca y sintió una sustancia espesa y caliente subiendo desde el estómago. Respiró con fuerza. Solo entonces recobró el sentido de la realidad: faltaba mucho por hacer. 

—Madre, por favor: vaya a dormir. Mañana tiene que ir al despacho y no es bueno que la vean así—. La mujer se había reclinado contra la pared del fondo, las manos entrecruzadas con violencia sobre el regazo. En sus labios se adivinada el ritmo mudo de un rezo. 

—Hágame caso, madre. Y tranquilícese. 

—No tenías que hacer eso —dijo ella. No eres así. No somos así. 

—Él nos hizo así.

—Tampoco fue su culpa. La culpa es toda mía. 

—No volvamos con lo mismo, madre: ya es tarde y tengo que acabar con esto. 

—Lo mejor es entregarse.

—¿Qué? No vuelva a decir eso. Se lo prohíbo. ¿Acaso no es más importante la niña?

—¡Por supuesto! 

—Entonces cálmese ya. La necesito aquí, fuerte, conmigo y con la niña. No más lloriqueos ni lamentaciones. Esto es entre usted y yo, y con el favor de Dios todo va a salir bien.

—Pero, ¿y si preguntan?

—¿No se perdía por semanas, y hasta meses?

—Sí, pero…

—¡Ah, bueno! Madre, míreme. ¡Míreme! Voy a limpiarlo todo. 

—¿Y qué hacemos con él?

—¿Recuerda nuestro viaje a Pedreros? 

—Sí.

—¿Recuerda que me regañó por acercarme demasiado a la Sima del Duende?

—Sí, me acuerdo—contestó la mujer.

—Pues iré a Pedreros, y toda nuestra miseria rodará por ese abismo—. La mujer lo miró en silencio durante algunos minutos. ¡Cuánto había crecido!

—Entonces nos vamos los dos para Pedreros—dijo ella, resuelta. Parecía que la noche se desperezaba, haciéndose menos densa. Sonidos informes delataban la presencia de la ciudad. La mujer se aferró a su hijo, como queriendo devolverlo al vientre. Lloraban. ¡Todo saldrá bien, sí, todo saldrá bien! Desde la puerta de la habitación, la niña los observaba. Bajo el camisón se dibujaban sus pezones juveniles, agitados por el ritmo de una respiración largamente contenida. La hoja de un cuchillo brilló temblorosa en su mano derecha. 

—Entonces nos vamos los tres para Pedreros—dijo. Yo también quiero ver rodar nuestra miseria por el abismo.







24 de octubre de 2018

DE CIUDAD



Por lo general, es gris. ¡Hermosamente gris! Ella sabe del temprano aroma del café y del apresuramiento de los caminantes. Conoce de cerca el apetito de las palomas, las manos compungidas que se quedan sin limosna, los hijos del arte que resisten en cada función, los disímiles atuendos, acentos y colores, el eco de los ladridos, la sombra de antiguos llantos. ¡Los conoce, los vive, los propicia, los soporta! Ella, la joven matrona de casi quinientos años que no sucumbe ante el peso repulsivo del concreto enquistado en sus montañas, arropa millones de almas bajo su enérgico manto gris. 

19 de marzo de 2018

#LoQueLeo: Un mundo feliz

Por Mary Zamora

"Todo condicionamiento va hacia esto: hacer que la gente ame su inevitable destino social."


Imagen tomada de: http://www.langostaliteraria.com/un-mundo-feliz-y-seis-puntos-para-dominar-al-mundo/


     Muchas páginas se han escrito en torno a esta obra de Huxley y sin embargo, aún leyendo todas esas páginas, no es posible hacerse una idea particular de la novela sin leerla, sin apreciarla en cada uno de sus párrafos, sin aprehender cada una de sus máximas, cada uno de sus sarcasmos, alusiones y simbolismos. 

     Mi primera impresión al leer "Un mundo feliz" es de un profundo desagrado. No por la obra en sí misma que ha sido considerada con mérito más que justo, una de las cien mejores novelas del siglo XX por el diario Le Monde; no por la manera de narrar del autor que hace fácil y amena la lectura al permitir el desarrollo de la trama sin ambages; no por el mundo futurista que inventa ya en 1932 en cada uno de sus detalles de forma fantástica, sino más bien por ese escenario terrible, indeseado pero cada vez más posible que nos muestra; ese escenario donde se suprime la individualidad del ser humano, el arte, la literatura, la ciencia, la iniciativa, la fe, el amor, las pasiones, los padres, las madres, la diversidad e incluso el olor corporal, la enfermedad y los achaques de la vejez, todo en aras de mantener un estado de cosas manipulado, un orden mundial aparentemente perfecto y estúpidamente feliz por cuenta de la evasión que proporciona el soma; un gran y único Estado en el que "todo el mundo pertenece a todo el mundo" justamente por que no puede ser de otra manera; justamente porque se han suprimido todas y cada una de las otras maneras. 

     La segunda impresión que me deja es la de una gran familiaridad con lo que es la civilización actual. Para la época en que Huxley escribió "Un mundo feliz" ya alcanzaba a vislumbrar los grandes vicios de una sociedad donde la tecnología alcanza usos que van desde lo absurdo hasta lo peligroso. "Crear" a las personas en laboratorios dotándolas o privándolas de características en atención a una rigurosa ley de castas, y condicionarles para cumplir únicamente éste o aquel papel dentro del engranaje social, es ya suficientemente grotesco. Pretender que la realidad, el dolor o el sufrimiento se pueden y se deben evadir dándose unas "vacaciones" en forma de gramos de soma, también lo es. "Sí, muy propio de ustedes. Librarse de cualquier cosa desagradable en lugar de aprender a soportarla." , nos dice John, el Sr. Salvaje, uno de los personajes principales de la novela. "No sufren ni luchan. Se limitan a abolir las pedradas y las flechas. Es demasiado fácil."

     Pretendo simplemente recomendarles que no se priven del placer de leer esta obra magistral. No los dejará indiferentes. Su altísima carga erótica y sexual y la coexistencia en un mismo ser de los dos mundos, uno, el viejo, imperfecto y desgraciado, y otro, el futuro, perfecto y "feliz", desencadenarán un final digno de Shakespeare para el que no se necesita la alegría amañada de ningún tipo de soma. 





10 de febrero de 2018

PAÍS MENOS "PIOR"


Por Mary Zamora




          Hace poco leí un tuit en la cuenta de @sebacreton que reza: "El producto mejor terminado del capitalismo es el pobre de derecha." Ignoro si será de su autoría pero considero que refleja una absurda realidad colombiana en la que vemos como, mandato tras mandato, resultan elegidos candidatos perteneciente a la clase política tradicional, esa clase política de las élites, de las mismas castas, de los mismos apellidos; esa clase política que ha contaminado de corrupción todo el establecimiento estatal; la misma que ha recurrido a prácticas como la trashumancia electoral, la compra de votos, el constreñimiento al elector entre otros delitos, para atornillarse al poder; la misma que más o menos en la década de los 40´s desencadenó la terrible violencia bipartidista y con ella, la aparición de las guerrillas en el país con las consecuencias que ya todos conocemos. 

          Pese a todo ello, asistimos a una suerte de repetición perpetua de Mouseland, el mundo de los ratones gobernados por los gatos, aquel discurso que Tommas Douglas pronunció basado en la fábula de Gillis. Es así como en Colombia, por tratarse de año electoral y teniendo en cuenta la firma de los Acuerdos de Paz con las FARC, sumado a los cambios a todo nivel que exige su implementación, la más rancia ultraderecha de la mano de los grandes grupos económicos y de sus vasallos, los medios, enfilan baterías en aras de impedir que ese estado de cosas que ellos mismos han creado y del que tanto se han beneficiado, cambie. Nada importan la coherencia, la decencia, los postulados. Atrás quedan las rencillas, las diferencias, los señalamientos mutuos. Para la ultraderecha todo vale. Las alianzas están a la orden del día. Los discursos plagados de odio, patrioterismo y bravuconería se escuchan aquí y acullá. Estos falsos "mesías" encontraron además el chivo expiatorio propicio a su mezquindad, a su vileza: Venezuela. Y se inventaron un "coco" espanta zopencos y mentecatos al que bautizaron "castrochavismo". Y, emulando al ministro de propaganda del gobierno de  Hitler, el peligroso Goebbels, aplican sus ruines principios inventando noticias que distraigan las malas noticias, exagerando y desfigurando la realidad, repitiendo las mismas mentiras una y otra vez hasta hacerlas lucir atuendos de verdad irrefutable. 

          Pero como si todo lo anterior no fuera lo suficientemente penoso, día a día nos topamos en los ámbitos real y virtual con ciudadanos cuyo único interés político es hacer las veces de cajas de resonancia, de meros repetidores. Con estos pobres alienados es imposible tener la más mínima conversación o esperar que escuchen argumentos, lo que no hace más que validar la eficacia del Principio de Vulgarización de Goebbels que expresa: "Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar." 

       En ese orden de ideas cabe preguntarse: ¿porqué la masa colombiana no reacciona ante la opresión que ha tenido que soportar durante décadas por cuenta de los gobernantes de la derecha y su corruptela? ¿Será por la ridiculez de ser uno de los países más "felices" del mundo que prefiere el "malo conocido" que roba al "bueno por conocer"? ¿Será culpa de la cultura narcotraqueta que lo acostumbró a aceptar que "el vivo vive del bobo" y le gusta hacer el papel del bobo? ¿Será por su arribismo con unos y su servilismo con otros? ¿Será que el colombiano heredó de la madre patria un gen de la deshonestidad? ¿Será su doble moral que le impulsa a inventarse pajas en el ojo ajeno para disimular las vigas de su propio ojo? ¿Será que lo mejor de Colombia finalmente no es su gente como les gusta pregonar a muchos por ahí?

          Personalmente, creo que somos de la estirpe maldita de los Buendía. Que sufrimos hace medio siglo la enfermedad de la memoria. Que uno de nuestros pecados consiste en mirar para otro lado (para el lado de RCN, por ejemplo). Que si no actuamos ahora ya no tendremos una segunda oportunidad sobre la tierra. De ser así, me avisan , por favor cuando nazca el niño con cola de cerdo. 

21 de enero de 2018

#LoQueLeo : Mrs. CALDWELL HABLA CON SU HIJO


Imagen tomada de: https://ataria.eus/tolosaldea/1511449930841-solasaldia-hizkuntza-eta-teknologia











"La soledad, hijo mío, no es buena madera para poder pasar las yemas de los dedos sobre la huella de tu nombre, Eliacim."


 ✱✱✱✱✱✱

Amigos, dejemos el análisis literario a los académicos. Escribo aquí como lo haría cualquier lector que siente en la piel, en los sentidos, el plácido influjo de las letras bien logradas, esta vez en forma de misivas dirigidas por una madre a su hijo "tierno como la hoja del culantrillo", que vive muerto en las honduras del mar Egeo.

Mrs. Caldwell habla con su hijo, o al menos lo pretende. O lo cree. O lo quiere. O lo imagina. Por eso es capaz de contarle en sus cartas, en ese bello monólogo interior, en esa suerte de diario dividido en 212 fragmentos, desde las más triviales anécdotas, recuerdos, anhelos, temores, confesiones y reproches, hasta los más absurdos e inverosímiles pensamientos que la febril imaginación de una madre atormentada por el amor es capaz de concebir, amor que, dicho sea de paso, traspasa por momentos la frontera de lo maternal y se instala en el ámbito de lo censurable como se puede colegir en fragmentos como aquel: "Hijo, baila conmigo este tango, llévame bien apretada contra ti, y canturrea por lo bajo esa letra repugnante que me devuelve la juventud y que me llena el pecho de malas intenciones. Obedece a tu madre, hijo: que nadie pueda decir que me desobedeces."

Y, sin embargo, no podemos censurar a Mrs. Caldwell, mujer que intuimos todavía bella, todavía fuerte, asida a sus últimos vestigios de razón. Ella es culpable de amor, es culpable de locura, es culpable de soledad y de nostalgias de futuro, y quizá también, es culpable de esperanza, esa esperanza que la lleva a pensar con benevolencia respecto de la actitud de sus amigas cuya visita aún espera en el Real Hospital de Lunáticos, y a creer - ¡quién lo sabe!- que algún día sus misivas tendrán respuesta. 

Tal vez no debamos buscar en esta obra una novela. Para mi gusto es más bien una fascinante creación poética plagada de símiles, de metáforas, de imágenes del tenor de: "...tenía la cabeza hueca y en su calavera se empollaban los minúsculos huevecillos de las tormentas...", o aquella otra: "El estío es la estación de los moribundos, la estación en la que los moribundos se suben, precipitadamente, al tren de la muerte, que pasa silbando con cadencia viejas tonadas intrascendentes."

Queda, pues, abierta la invitación. Añadiré que además de la sorpresa que causan estas letras agónicas, que lo mismo hablan de la sopa, de las viejas cortinas, de los trenes, los relojes, los árboles y el agua, especialmente del agua, tienen esa belleza única de lo sencillo. 




29 de diciembre de 2017

A TU SALÓN


the emptiness in me by Romeo-Tango
Imagen tomada de: https://romeo-tango.deviantart.com/art/the-emptiness-in-me-30782525



Recinto inmaculado de poetas sin lustre

donde mueren las musas por infección blanquísima

o por fiebre de ideas bajo su techo halógeno

sirviendo de carroña a los cuervos empáticos.

O quizá devoradas por las fauces impúdicas

y expuestas sus miserias ante los ojos lúcidos

que al punto tejen versos en sus mentes prolíficas.

¿Obedecen acaso a algún impulso orgiástico

que subyace al amparo del recinto purísimo?

16 de octubre de 2017

DE SEQUÍAS Y OTRAS TRIBULACIONES





















“Huir de la muerte siempre es más digno que entregarse a ella”


        Imagine al mundo muriendo de sed. Literalmente. Imagine la migración de millones de seres humanos en busca de los últimos ríos a través de territorios sometidos por el calor y asfaltados por los cuerpos secos de aquellos que no soportaron más. Imagine la guerra letal por la posesión de las últimas reservas, de los últimos galones, de las últimas gotas de agua. 

        Imagine sentir la garganta desgarrada por la falta de saliva, el no poder llorar porque ya no se tienen lágrimas, el desfallecimiento del cuerpo que no responde a los llamados de la voluntad que se obstina, mientras los buitres revuelan descarada pero pacientemente a la espera de su rendición. Imagine en medio de este panorama hostil dos personajes unidos no sólo por la sed, sino por la certeza de que “Ambos sentían que se les había envilecido el alma…”.

        Ese imaginario es “La sed”, la novela del escritor, periodista y fotógrafo colombiano Enrique Patiño publicada en 2013 por Seix Barral. Patiño, quien actualmente reside en Holanda, recrea en su obra un escenario cada vez menos apocalíptico si se tienen en cuenta los absurdos de la sociedad actual en los que el consumo desaforado, la sobrepoblación y la falta de conciencia ambiental están mermando los recursos naturales y acabando con las fuentes hídricas.

        “La sed” es una novela poblada de imágenes en las que el plástico le ha ganado el dominio del cielo a las aves, y los ojos desorbitados de las muñecas infantiles parecen haber reemplazado a las antiguas flores. Esta obra permite adentrarse en la condición humana y sus insospechadas respuestas cuando se le somete al límite de sus fuerzas, cuando se transita en ese peligroso espacio entre la razón y la locura. Y es que “el amor al prójimo es algo que se hace cuando el corazón propio está colmado, y ni siquiera eso permite la sed.”

         Hace un par de días alguien me preguntó qué libro me gustaría llevar al cine. No tuve que pensarlo dos veces. Mi respuesta fue “La sed”. Ahora bien: mientras lee la novela le aconsejo tener un vaso de agua cerca. Bébala con calma. Saboree cada trago como si fuera el último e imagine finalmente qué tan lejos estamos de ser una sociedad en la que se paga con agua o se muere de sed. 

30 de septiembre de 2017

MARIFIESTO


            Por Mary Zamora



  • Regla de oro: si no tiene nada para decir, por favor no lo diga. Las palabras inoficiosas, aquellas que ven la luz forzosamente, son meras sombras de la imagen que pretenden reflejar.       

  • La literatura es una manera de perdurar en el mundo; si una obra no soporta los embates del tiempo, es una falsa tabla de salvación a la que más vale no asirse.

  • La literatura es también comprensión particular del mundo; por ende, si esa mirada personal no encuentra eco en otros seres humanos, sino que retumba con molestia en el estrecho recinto del autor, seguramente es porque aún no ha comprendido nada.

  • Escribir es un oficio que surge desde la honestidad, desde el trabajo juicioso conjugado con la hora propicia. De otro modo, no es más que fabulación y engaño, para sí y para quien tenga la mala fortuna de leer un escrito que vulnere esas simples premisas.

  • La literatura es la rebeldía constante, la duda permanente, la búsqueda incesante. Por ello, el escritor honesto no milita en un partido, raza o religión, puesto que su óptica son todas las ópticas y su concepción del mundo no está viciada por los sesgos que obnubilan a las masas. El escritor toma una distancia justa que le permite narrar sin pertenecer y pertenecer sin perderse.

  • La literatura es una realidad por sí misma, una realidad transformadora, capaz de mostrar distintas posibilidades de distintas realidades.


  • La literatura debe mostrar lo inconmensurable, lo ilógico, lo absurdo, como perfectamente posible, y ello solo se logra cuando es abordada desde la pureza del acto creativo y la paciente certeza de la soledad.

  • Escribir es labor casi sencilla si nos atenemos a una única fórmula basada en el uso de los recursos del lenguaje. Sin embargo, a duras penas llegaría a ser material de temporada.

  • La premura es enemiga de toda forma de arte. 


20 de julio de 2017

REMEMBRANZA

Por Mary Zamora


Es 1987. 

Es noviembre. 

Es la ciudad del invierno.

Es una región donde hasta la lluvia es periférica, enlodada y menesterosa. 

Es una barriada tímida que parece retraerse sobre sí misma, en el más perfecto desamparo y sigilo. 

Es un intento de vivienda en el desconcierto de la cimentación. 


Es el tiempo tocando una nota indeterminada entre las 12 del día y las 2 de la tarde.

Es una niña de apenas 9 años, dolorosamente delgada y pálida, sentada al borde de una viga de concreto. 

Es un vestido demasiado grande y ajeno.

Es la bofetada del frío regada por los brazos, por las piernas.

Es un filamento que se escabulle despacio desde la cuenca de sus ojos hasta la barbilla trémula.

Es una garganta lagrimeando nudos.

Son unos pies mojados balanceándose. 

Son unos ojos hipnotizados por un vacío de 5 metros.

Son unas manos rígidas sosteniendo una escudilla.

Es un vientre lleno de hambre, que se revuelve.

Es un paladar que no ha visto sabores.

Es una mezcla mísera de agua con harina y un poco de manteca.

Sabe bien. Ella sonríe. 

Piensa en los nuevos usos de las lágrimas.





19 de mayo de 2017

MIEDO


Por Mary Zamora












Un hombre abrió su puerta y solo halló vacío.

No encontró la casucha del odioso vecino,

ni  la acera cubierta de excremento y cigarros,

ni el olor de la lluvia reposada,

ni el frío con su navaja en las montañas.

Solo estaba el vacío,

solo estaba el silencio,

y solo estaba el hombre asido del picaporte

ante la grieta inmensa,

ante la profundidad,

y solo estaba el hombre, efigie horrorizada

con los ojos quebrados y libres de sus cuencas

y un dolor de metralla regado por la piel

hecho de exudación y de convulsiones pétreas

sujeto al picaporte, sujeto del azar,

sujeto de la estirpe de los Samsa

o de los Frankenstein, o de los Hyde

sujeto en todo caso, que se suelta,

que cercena la cinta umbilical

que sabe que precisa un solo paso

un simple paso al frente, o hacia atrás

pero sabe también que es sólo un hombre

y le asiste el derecho de llorar.



27 de enero de 2017

CAMINATA DE ABRIL EN SEPTIEMBRE

Por Mary Zamora

Avanza desprevenidamente en medio de un torbellino de ojos azorados y distantes en el que todos fingen saber que avanzan, pero sin saber hacia dónde y sus manos de añil y bermellón se aferran insistentes a la mochila gastada, quizá para evitar la huida de las últimas migajas de poesía y va recogiendo aquí y allá algunos semblantes tontamente felices que zambulle en el mismo bolsillo en el que el año pasado, por vacaciones, guardó un trocito de mar. 

Avanza en medio de manos entrelazadas de sucio sudor mutuo, en medio de labios aglutinados de sucia saliva mutua, en medio de voces cómplices y voces que amonestan, de miradas que aprueban y miradas que critican, en medio de la dolorosa compañía de la muchedumbre sola, pues a pesar de la evidente correspondencia, tan certera y palpable, cada ser es un ser irremediablemente solo: cada pareja asida de la mano, cada peatón distraído, cada mirada que se evita o se desvía, cada sonido inacabado dentro de cada oído ensordecido, cada color de piel, cada bostezo, cada hijo, cada madre, cada pariente lejano o cercano, cada amigo o enemigo, superior o subalterno, élite o plebe, viejo, joven, fuerte o endeble, triunfador o fracasado, cada quien es habitante único de su propia contingencia.

Y de pronto pone fin a su avanzar enajenado, arrastrando los pies poblados de piedras rotas y se agarra las venas furiosas de las sienes con un ganchito para el pelo y es como si todo un hipódromo tuviese sede en su cabeza mientras ingresa con lentitud estudiada al penoso recinto en el que cada muerto también yace solo en su prisión indigna, engullido por la maleza en las horas de su insomnio, o coronado por excrementos de aves innobles. Cada nombre de lápida que sus ojos alcanzan con veloz curiosidad es una inteligencia que se agita y se despierta, en una poderosa invocación del pensamiento sobre la materia inerte.

Aquí yaces, Raquel. Aquí moras...pero no has podido superar la costumbre del sol en el rostro y en las manos y en la piel, y por eso abandonas la tumba de repente, un poco azorada e inerme, y piensas que tal vez podrás acostumbrarte y te alegras de no ser un kilo de ceniza contaminada con las cenizas de otros muertos de suerte compartida, envuelta en polipropileno transparente y acomodada dentro de un odioso recipiente que no es madera ni metal.

Y experimentas la bendición de los árboles enanos que te proveen su sombra y escuchas una voz lejana que pretende ser potente pero que pronto se confunde con el gorjeo de las palomas y las voces indiscretas de otros visitantes de ocasión. Y sientes temor de ser vista. No sabes cómo luces recién muerta. Y en un gesto pueril buscas en tus bolsillos un espejo y te echas a reír de buena gana celebrando tu ocurrencia. "La próxima vez que me muera pediré que pongan en mi tumba un espejo y quizá algo de maquillaje", piensa en voz alta Raquel, la feliz Raquel que no para de reír y que ahora se aventura a volar robando su forma a una mariposa alegre y diminuta, por entre unas flores que parecen haber nacido muertas y que intentan adornar un oscuro mausoleo de cadáveres recientes que aún temen abrir los ojos y que soportan estoicamente un poco del folclor musical del momento, halago inexplicable de los vivos.

A la par que la música se propaga sigilosa y decidida, Raquel va descubriendo su maravilloso mundo de posibilidades inagotables donde puede ser hoja, árbol, aire o mariposa, y le da un golpecito amable en el hombro a un pobre joven que se quedó dormido de dolor frente a una tumba, y le da un golpecito amable a una tumba que se quedó dormida de dolor frente a un pobre joven, y se para a escuchar las conversaciones triviales de los visitantes y se toma la molestia de dar sus propias opiniones, y enguja las lágrimas viejas de alguien que se aferra a una mochila para que no se le escape la poesía recién descubierta, y las cambia por lágrimas de dolor renovado que no soportan la prisión de los ojos y rompen el muro de los párpados y entonces me desbordo y siento que nada es más hermoso que un camposanto bajo la lluvia y me abrazo a Raquel y danzamos y danzamos mientras la gente corre a guarecerse llevando en la mano la evidencia del cumplimiento de su misión de conservar viva la memoria de sus difuntos mediante el recurso de las flores artificiales, sin saber que incluso éstas sucumben al óxido del tiempo, y danzamos y danzamos bajo la bendita lluvia compacta de todas las horas amargas de todos mis días y los tuyos Raquel, y escuchamos afuera la insistencia de los vendedores y te antojas de una pizza, Raquel, una pizza mientras danzamos bajo la bendita lluvia afilada y luminosa, orgiástica y agónica que hace que las hojas se crispen y que la tierra reviente jubilosa y verde y estremecida, y escuchamos el tañido de los bronces en lo alto porque ha pasado un siglo más eterno que todas las eternidades juntas y miro mi reloj pero tú no estás triste y yo no estoy mojada y el último caballo galopa lentamente, llevándose en sus cascos el ganchito para el pelo.