26 de junio de 2014

Micorrelatos



Penúltimo deseo

Cuando comenzaron los síntomas de tan extraña enfermedad, su médico le prohibió fumar y beber. Vinieron las extenuantes terapias, las inútiles medicinas, las incómodas preguntas de los especialistas. Nada. Su condición empeoraba día tras día, al punto de no poder pararse de la cama. El desenlace era inminente. La familia, el clérigo y los socios de la empresa, se reunieron junto a su lecho. Él, articulando apenas con la sombra de su voz, pidió su último deseo: una copa de vino, ojalá del viejo vino tinto de sus bodegas. ¿Quién podría negárselo? Por fortuna, nadie. Hoy, goza de buena salud.  


Erase un hombre a una nariz pegado....


...literalmente. Ello le había valido toda suerte de burlas y miradas de repugnancia, haciendo crecer en él su resentimiento aún más que su nariz, hasta el día en que consiguió aspirar el aroma de las flores del pueblo. Lo retuvo. Caminó rápidamente hacia su casa así, henchido de fragancia y en cuanto llegó, lo exhaló en un recipiente. Su vida tenía sentido ahora: salir, inhalar un aroma y depositarlo en un frasco. Los coleccionaba.
Los habitantes no entendían por qué las rosas, el café, el estiércol, los críos recién nacidos y hasta las sábanas curtidas de sexo habían perdido su olor. Pero alguien sabía la verdad y no iba a permitir el hurto de los aromas, así que un día, entró impetuosamente por la ventana y en un santiamén derribó los frascos, liberando los olores, quienes se esfumaron agradecidos.
Ahora el hombre anda buscando la manera de vengarse del viento.
Micorrelatos - (c) - MARISELLA ZAMORA

29 de mayo de 2014

Cuatro décadas

Capítulo IV. Dios existe

(Ver capítulos anteriores: I,II,III)

Si hay una forma expedita de conocer a Dios es necesitándolo verdaderamente. A los pocos días, don Pablo enfermó de gravedad. Tenía una infección en un pulmón o algo parecido. (“Ten cuidado con lo que deseas, puede que se te cumpla”). Lo sacaron de la casa, envuelto en una cobija vieja, famélico, los puros huesos, tal como tiempo atrás había llegado Joe. 
Cuando doña Rosa regresó del hospital por algo de ropa para él y algo de descanso para ella, dijo que los médicos aseguraban que estaba muy, muy grave.

En consecuencia, a sus 16 años, Sol aprendió que Dios existe, que escucha súplicas y que hace milagros. Encerrada en la pieza que siempre ocupó su padrastro, lloró y oró de rodillas, suplicó, prometió, juró, se confesó, se arrepintió, maduró todo lo que tenía que madurar, conoció el perdón en su estado más puro, perdonó a su padrastro y se perdonó también, reconoció que a pesar de todo, a pesar de que le echara en cara hasta lo que nunca le había dado, siempre le estaría agradecida. “Dios mío, no me importa que siga siendo igual, que nos insulte y nos pegue, pero por favor, Señor, que no se muera”.

Cuando don Pablo regresó del hospital, Sol cumplió con todo y más de lo que había prometido la dolorosa noche de las súplicas: se endilgó la obligación que la mujer y los hijos propios rechazaban tajantemente: cuidarlo. ¡Había que ver la dedicación y paciencia con que lo ayudaba a llegar al inodoro, con que lo bañaba, lo secaba, lo vestía y acomodaba en la cama, le daba el alimento y la medicina! Era como ocuparse de un bebé de más de 40 años.

Don Pablo tiene hoy 60. Cuando Sol visita a su madre en la antigua casa y no lo ve por ahí, pregunta por él. 
Cuatro décadas - (c) - MARISELLA ZAMORA