22 de agosto de 2014

Tierra desnuda

Por Mary Zamora

Camino por kilómetros de horas bebiendo la serranía lejana que ofrece sus formas lujuriosas a la espera de un seísmo de amor. La noche, esa acumulación de todas nuestras sombras, recoge presurosa sus vestidos para morir a tiempo en un amanecer.

Y escucho el grito de las montañas encorvadas por el peso del concreto: parecen exhalar un último lamento de rocas, de tierra suelta y agua; exhiben su piel surcada de cicatrices y llagas. ¡Gigantes indefensas, milenarias y sabias! Con sus sueños de barro se oponen al exterminio y resisten, resisten las montañas.

Un cielo líquido ha hecho catarsis desde antes del alba. Perezosamente junta los suspiros de niebla con que intentó cubrir tanta desnudez dilapidada. Conjura sus miedos esparciendo granizo, restos de estrellas moribundas, como aquellas que atizan el fuego en los volcanes.

…y el viento, ese triste soberano de la palabra muerta, sacude de frío un bosquecillo, antaño poblado de cabellos verdes. Hoy, sus árboles lloran lágrimas secas; se inclinan pudorosos de su desnudez, tratando de retener los últimos vestigios de primavera, exánimes, temblorosos. Algunos más, en intrincado abrazo abovedado sobre la carretera, desfallecen de calor por la inclemencia de las nubes con sus sombras abochornadas.

En lontananza, el sol sediento de amor por un mar adolescente, inicia su juego de luces y sombras; cede a la tentación y baña en él sus barbas vivas como sangre eléctrica en un segundo eterno de ebriedad. Pequeñas balsas asisten en silencio a tal prodigio y su invisible avance semeja una caricia a los pliegues ruborosos del venturoso mar.

…el cielo ostenta una corona de aves oscuras que parecen ir en busca de algún olvidado arcoíris, más solo consiguen arrastrar en sus alas las últimas gotas de un apretón de nubes con las que intentan provocar un nuevo aguacero. Las más afortunadas dejaron tras de sí una lánguida estela de marrones y rojos que claudican al poco tiempo.

Mis ojos avanzan con lentitud nocturna; algunas candilejas precoces dan cuenta de la inminencia de la pobre gran ciudad, de la paupérrima gran urbe que arrinconó el verde; minutos después, ruidos informes, colosos de hormigón y millones de luces que titilan invasivas visten de ignominia un gran tajo de tierra y entonces añoro regresar. Regresar para yacer con la virgen. Con la tierra desnuda.


Tierra desnuda - (c) - MARISELLA ZAMORA

26 de junio de 2014

Micorrelatos



Penúltimo deseo

Cuando comenzaron los síntomas de tan extraña enfermedad, su médico le prohibió fumar y beber. Vinieron las extenuantes terapias, las inútiles medicinas, las incómodas preguntas de los especialistas. Nada. Su condición empeoraba día tras día, al punto de no poder pararse de la cama. El desenlace era inminente. La familia, el clérigo y los socios de la empresa, se reunieron junto a su lecho. Él, articulando apenas con la sombra de su voz, pidió su último deseo: una copa de vino, ojalá del viejo vino tinto de sus bodegas. ¿Quién podría negárselo? Por fortuna, nadie. Hoy, goza de buena salud.  


Erase un hombre a una nariz pegado....


...literalmente. Ello le había valido toda suerte de burlas y miradas de repugnancia, haciendo crecer en él su resentimiento aún más que su nariz, hasta el día en que consiguió aspirar el aroma de las flores del pueblo. Lo retuvo. Caminó rápidamente hacia su casa así, henchido de fragancia y en cuanto llegó, lo exhaló en un recipiente. Su vida tenía sentido ahora: salir, inhalar un aroma y depositarlo en un frasco. Los coleccionaba.
Los habitantes no entendían por qué las rosas, el café, el estiércol, los críos recién nacidos y hasta las sábanas curtidas de sexo habían perdido su olor. Pero alguien sabía la verdad y no iba a permitir el hurto de los aromas, así que un día, entró impetuosamente por la ventana y en un santiamén derribó los frascos, liberando los olores, quienes se esfumaron agradecidos.
Ahora el hombre anda buscando la manera de vengarse del viento.
Micorrelatos - (c) - MARISELLA ZAMORA